Que el éxito nunca nos cueste el alma
Cuando el mundo llama fracaso a lo que Dios llama santidad Vivimos en una sociedad que muchas veces mide el éxito por lo que tenemos, cuánto ganamos, cuánto reconocimiento recibimos o hasta dónde hemos llegado. Sin embargo, Dios nos enseña que el verdadero valor de una persona no se mide por sus posesiones, sino por la grandeza de su corazón y la fidelidad con la que vive. El mundo puede llamar fracaso a renunciar a una oportunidad por no traicionar nuestros principios; puede llamar debilidad al perdonar, ingenuidad al hacer el bien, pérdida de tiempo a servir a los demás y falta de ambición a elegir una vida sencilla, pero llena de paz. Sin embargo, ante los ojos de Dios, esas decisiones pueden ser verdaderas victorias. No siempre perder es fracasar, ni ganar significa triunfar. A veces, perder una posición nos permite conservar la dignidad; alejarnos de ciertas personas nos devuelve la tranquilidad; guardar silencio evita una herida, y renunciar a lo que nos aleja de Dios nos a...